lunes, 9 de mayo de 2016

Laguna de Mojanda- Otavalo-

Este complejo esta conformado por tres lagunas, la primera y mas grande conocida como Caricocha o laguna macho que es origen volcánico, junto a esta laguna están otras dos mas pequeñas, la Huarmicocha o laguna hembra y la Yanacocha o laguna negra, todas ellas lograrán transmitirle la tranquilidad de sus aguas y la vida de su entorno.

 leyenda

Había pasado mucho tiempo desde que el terremoto había zarandeado Otavalo, desbaratando casi por completo las casas y asustando a sus pobladores hasta morir. Ni la iglesia de San Luis se salvó de la sacudida violenta quedando semidestruida; los sobrevivientes culparon su infortunio a la ira divina por el insolencia de sus hijos y entonces los confesionarios fueron improvisados para que los pobladores y pobladoras declaren sus pecados en búsqueda de reconciliación con el ser supremo y las promesas de una vida casta, junto con los juramentos de no volver a meterse en vida ajena fueron los compromisos de mayor garantía.
 Pasados los sustos y sabiendo que no solamente ellos fueron castigados por el temblor fueron incitados a seguir adelante, volvieron a levantar sus casas, unas con mejores fachadas junto a otras que parecían se avergonzaban de su pobreza, y hasta la iglesia central empezó a ostentar una torre nueva, esta vez construida sobre estupendas bases de piedra.
 Comprometidos con la fe y la imagen de la ciudad, las potestades, el cura y los parroquianos hicieron cuotas, derramas y ofrendas además de someras gestiones para rematar la torre con una campana de bronce que fue negociada y trabajada en Quito.
 
Allá viajaron por los caminos de Mojanda que fue en ese entonces ruta exigida desde Pasto hasta Quito para comerciantes, viandantes, estudiantes y aventureros. Se armaron de palos largos conocidos como “guangas”, avíos de los más diversos sabores olores y colores propios de la tierra, y partieron en busca de su cometido. A pie y a caballo salieron Mojanda arriba los insignes de la localidad, los representantes de la iglesia, los guambras maltones, los noveleros, los indios guangueros que servirían de cargadores.
 Temprano salieron, Otavalo se miraba abajo en espera del regalo para su torre empapada de una bruma que cobijaba en los meses de invierno al Valle del Amanecer. Los comentarios de las matronas eran voz oficial para las sirvientas, falsos espejismos para los apáticos, chismes para los farfullas y veleidosos, mientras que ajenos del todo los guambras langarotes seguían jugando a la rayuela en la plaza de tierra.
 Los andariegos entusiastas ya venían de regreso partiendo desde la capital, despuntando los lomeríos de Pomasqui, los vericuetos, barrancos y arenales del “sal si puedes”, abajo se veía el Guayllabamba como culebra que se escondía entre matorrales y enaguas de cerros; más adelante el Chamanal con una hilera de pencos salpicados de wiracchuros que adelantaban su vuelo a medida que avanzaban los viajeros. Sobre los hombros de los indios fortachones venía la campana. De tramo en tramo se cambiaba el refuerzo de caballos que tiraban a manera de camilla, de nuevo al hombro de los aventureros con la ayuda de palos largos en competición de aguante, hombría y juventud.
 Malchingúi fue su última tanda para el descanso, más empujaba la ilusión de llegar pronto a casa que el cansancio que los presionaba y se apresuraron de madrugada por la cuesta de Mojanda. La mañana brillaba con un “sol de aguas”, los mortiños, los motilones, gualicones, lucían apetitosos y engañosos junto al “shanshi” que alucinaba con colores y manojos cargados de sensuales figuras. Ni siquiera llegó el medio día y se desató un aguacero inmisericorde, el camino se llenó de cochas tramposas y la tierra suelta se convirtió en lodo que demoraba el avance del grupo, el temporal se empecinó con venganza sobre las humanidades de los corajudos hombres que paso a paso vencían las inclemencias.
 La tarde había llegado más allá de la mitad de su vida y la apariencia de la noche se hacía más innegable; fueron las últimas claridades del día cuando llegaron arriba de la loma y vieron coqueta a la “Laguna Chiquita”.
 El rumbo pretendido se volvió intransitable, el cielo retinto apenas era perceptible por una pesada niebla que se escurría como presagio de mala suerte por entre las pajas que chorreaban agua y más agua por sus cuerpos hechos de agujas. Quien hacía de cabeza del grupo que entre todos sumaban más de la veintena, decidió que harían frente a la noche y al frío cerca de los 4.000 metros de altura, amontonando sus equipajes a orillas de Caricocha la -Laguna Grande - que ya tenía mala fama de ser laguna traicionera.
 Para quien tiene la costumbre de enfrentarse con las asperezas no es difícil encontrar un lugar para pasar la noche. Como pudieron se hicieron de una pequeña fogata en la que juntaban sus manos para aplacar el frío. Improvisaron unas tiendas de campaña con lienzos untados con cebo de res para que el agua resbalara a las que estiraron con sogas a manera de techo natural. En el fogón arrimaron una caldera con agua de la laguna y ramas de “sunfo” del páramo sumando unas generosas dosis de puntas para contrarrestar el crudo ambiente y el soroche.
 La lluvia había calmado y la noche se volvió tinieblas, solo en dirección al Fuya - Fuya se abría un claro entre las nubes donde se podían ver los luceros en la inmensidad del páramo, mientras espíritus desconocidos sobrevolaban el maltrecho campamento. Abajo los aventureros fueron acurrucándose uno contra otro con olor de ponchos mojados y pronto fueron despojo del sueño, el clima impávido, la altura, el trago y el cansancio se unieron en sinfonía de ronquidos custodiando la campana dedicada a la iglesia de San Luis en Otavalo.
 El viento soplaba aparentando el lloro de mujeres abandonadas, el frío acuchillaba los cuerpos como puntas hirientes mientras oscuras formas acechaban desde varios rincones. Como un pedazo de uña suspendida en el cielo la luna se mostraba esquiva dejándose ver de cuando en cuando entre los nubarrones. Cerca de la medianoche el último hombre se dejó domar por el sueño y la laguna comenzó su empeño de despojar la carga defendida. Como encantamiento la pesada campana abandonó el suelo y bamboleándose se retiraba hasta el centro de la laguna pronunciando lastimeros repiques que se fueron apagando al contacto con las heladas aguas hasta que se desvaneció.
 Aquellos hombres contaban después, que solo entre sueños sintieron que la campana se perdía en la noche y que impotentes no pudieron despertase para averiguar lo que pasaba. Lo cierto es que Caricocha se robó la campana. Cuentan los mayores que desde entonces la laguna tenía por costumbre desbarrancar mulas y peregrinos para robar su carga. El lugar se volvió traicionero y lleno de chismes pavorosos llegando a cambiar el rumbo por un sendero más largo bordeando el Fuya - Fuya por el lado de Chiriyacu.
 Un templado otavaleño defendido por otros valerosos, decidieron acampar en lo alto del cerro distinguiendo como la engañosa laguna sintiéndose espléndida y a cielo abierto se desnudaba solitaria para ofrecerse por completo al sol. Ellos quemaron una gran piedra por tres días seguidos con sus noches enteras y cuando fue luna llena, apoyados por palancas de tronco hicieron rodar la candente roca cuesta abajo, que como cabalgadura desbocada fue dando tumbos y tumbos, tragando a grandes zancos las distancias y en un último salto increíble rompió su espejo de luna con un sonido inconfundible de hierro caldeado penetrando en el agua.
 Fantásticamente se escuchó retumbar en la noche un gruñido parecido a voz ronca de peñascos y cascadas que dijo en quechua: “Ñavi chamusca, ñavi rrarray” –me han quemado el ojo-… Desde entonces la laguna se volvió tranquila como ración generosa del paisaje sin que se registren más desdichas.
 Pero dicen algunos aventureros, que en Mojanda, cuando es luna tierna y llueve torrencialmente, a media noche, se escucha el talán – talán de una gran campana llamando a misa desde las profundidades de la laguna.

 


Ubicación
Se encuentra en el límite provincial entre Pichincha e Imbabura, pasando la población de Pedro Moncayo a 17 km. al sur de Otavalo se encuentra el complejo lacustre de Mojanda que está en la cima del sistema montañoso del nudo de Mojanda-Cajas y ocupa el caldero del cráter del extinto volcán Mojanda.

Extensión

Esta laguna mide aproximadamente 2.15 Km. en sentido norte - sur y 2.75 Km. en sentido este - oeste.
Clima

La Laguna de Mojanda, se caracteriza por su clima que oscila entre los -2º C. en la noche.
Fauna
Referente a la fauna, podemos encontrar diferentes especies como: perdis de páramo, mirlos, quilicos, quinde de cola larga, quinde real, quinde café, torcazas, pava de monte, lobo de páramo, conejo de páramo, chucuri, zorrillo, zacha cuy, puma, entre otras.

En la Laguna existe  la presencia de truchas es el principal atractivo para la pesca deportiva.

 Especies en Extinción: El Cóndor.

Flora
En lo que respecta a la flora podemos observar diversas especies como: romero de monte, chuquiragua, wicundo, achupalla, totora, caucho, chocho de monte, quishuar, zarcillejo, puya fichana, paja, zitzi, arrayán, mora, cerote, yagual (árbol de papel), entre otras.

Plantas Nativas: El pajonal propia de los paramos, licopodio y chuquiragua.

Actividades Turísticas
Las actividades turísticas que se puede realizar dentro de la laguna son: senderismo alrededor de la laguna, caminatas por la zona lacustre, pesca deportiva, observación de fauna, fotografía paisajística, campamentos de corta duración. 
 
http://home.arcor.de/latinamerica/mojanda.jpg